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De algún modo creo que Morozov en sus últimas apariciones públicas denuncia la desaparición de la plaza pública donde los colectivos, gremios y sociedades tomaban decisiones y ejercían su moral fuera de las imposiciones normativas o legales.

La tecnología establece un único lugar en el que conversar, dialogar y decidir, dejando de lado las otras formas de vida que existen. En palabras de Luis Montero:

«Esa potencia normativa de la tecnología tiende a ocupar el espacio regulador que gestionaba la convivencia entre humanos que era la plaza pública.»

La plaza pública daba lugar a la negociación constante y la vulnerabilidad. Sentirse indefenso y vulnerable es un aprendizaje indispensable para ser humano; es poderosa y necesaria, como bien argumenta Sherry Turkle.

La vulnerabilidad hay que sentirla desde joven porque nos ayuda a entablar una negociación con nosotros mismos y con los demás. Hay que sentirse solo, vulnerable y dolido. Sólo así podemos lidiar con la realidad de la vida y podemos generar un proceso empático en nuestra relación con los demás. Solo porque sabemos lo que se siente cuando somos vulnerables, podemos hacer el ejercicio de proteger a los demás. Solo gracias a saber de primera mano las emociones que llevan a uno a tener reacciones adversas, se pueden negociar con el mundo las relaciones y la vida.

El lugar de conversación que ocupa ahora la tecnología anula cualquier espacio de negociación. Si uno tiende a pensar que existen redes sociales que invitan al diálogo, se olvida que para que exista dicho diálogo, debe haber una negociación en la conversación en la que las partes saben que tendrán que ceder para ocupar un espacio en la plaza. La tecnología ha hecho infinito el espacio de ocupación. Ya no necesito negociar mi lugar en la plaza porque el lugar es una nube infinita donde todo cabe. Y por tanto, ya no es necesario el entendimiento. Podemos lanzar nuestra interpretación del mundo sin necesidad de llegar a ningún lugar común con el prójimo. En definitiva, nos hemos desprendido de lo social como cualidad inherente al ser.

En internet no hace falta negociar nuestros espacios, ni asumir las consecuencias de herir a los demás. No hay repercusión más allá de un comentario que el timeline borrará con el paso de las horas y dejará invisible. No hay huellas, no hay errores no subsanados.

Si queremos crear lugares habitables en el medio plazo, debemos imperativamente volver al espacio público, y volver a lo social.

El diseño tiene mucho que hacer en este sentido. Necesitamos crear puntos de contacto que no sean bidireccionales sino multidireccionales. Unas relaciones que vinculen comunidades y generen espacios de relación con el entorno, a ser posible, fuera del mundo digital. Espacios que nos hagan sentir vulnerables y dependientes de los demás. Espacios que nos devuelvan lo que supone estar frustado, estar solo, saber cómo se sienten los demás porque nosotros hemos sentido lo mismo. Espacios donde ayudemos a educar y trabajar en una habitabilidad con consecuencias ante malos comportamientos.

Las redes sociales han eliminado la vulnerabilidad y la soledad, y la han convertido en construcciones ilusorias de super yos. No sólo han eliminado las consecuencias de los errores, sino que han perfeccionado la ocultación de imperfecciones. Diseñar un filtro de instagram hoy es contribuir a esto. Diseñar un lugar donde la libertad de expresión de un menor no atiende a límites es contribuir a esto. Diseñar un lugar donde no hay consecuencias, es contribuir a esto.

Más físico. Más negociación. Más vulnerabilidad. Más plaza pública. Más resolución de conflictos sin intervención normativa. Más aprendizaje de consecuencias. Más sensación de dependencia. Más amistad. Más comunidad. Más empatía. Más humanos. Menos raros.